Aunque la mona
se vista de seda.

Aunque la mona se vista de seda

Hace unos días me topé con un anuncio de una conocida marca de ropa “casual” cuya campaña tiene como slogan “Para cambiar el mundo no necesitas un traje”. El argumento es el siguiente: Típico muchacho de la era post-hipster en su apartamento de un barrio cool de San Francisco, se despierta aturdido después de haberse quedado dormido encima de su escritorio, por lo que se ve que ha pasado la noche en vela diseñando el modelo de negocio de su startup, y para que nos quede claro el contexto, en la pared vemos varios canvas y post-its pegados con expresiones aleatorias como “Swot Analysis”, “Business Plan”, “Opportunity = Market” y algunos garabatos más. Cuando el chico se dispone a ir a la cocina a por un café, del armario, sin previo aviso, surge un malvado traje dispuesto a plantarle cara a nuestro sufrido emprendedor, el diabólico ente venido de tiempos oscuros pelea hasta que el muchacho consigue zafarse de él arrojándolo por la ventana. Épico, la eterna lucha entre generaciones, un canto a la modernidad.

No quiero ir de “ofendidito”, debo decir que el anuncio tenía mucha gracia, al final es eso, un anuncio, no nos pongamos estupendos. Además como buen diseñador siempre he tenido una cierta animadversión por los trajes, en el pasado pensaba que llevar un traje era como llevar puesta una mortaja en vida, el San Benito de aquellos pobres desgraciados que habían vendido su alma a un sistema caduco heredero de una época de servidumbre feudal.

Pero el mundo ha cambiado, desde que Apple proclamó su “Think Different”, hace ya más de veinte años por cierto, a ninguno de los que nos movemos en este utópico espacio de libertad y oportunidades, lleno coworkings y startups se nos ocurriría llevar un traje salvo exigencias del guion o porque tengamos que enfrentarnos a un severo tribunal de inversores. Ahora vivimos en un entorno laboral en el que somos libres de expresarnos a través de nuestros atuendos, dentro de ciertos límites que no atenten contra la decencia y el buen gusto por supuesto, a casi ningún diseñador en sus cabales se le ocurriría llevar puesta su vieja camiseta de NOFX o Camela a una merienda moderna salvo que lo hagamos de manera irónica, lo cual es signo de delicada extravagancia y un refinadísimo sentido del humor.

Y ahí estaba yo, comentando el video y advirtiendo del peligro de que ese uniforme, en la delgada franja entre lo casual y laboralmente aceptado, se convierta en el nuevo traje, y que si al fin y al cabo todos pensamos diferente acabaremos todos pensando igual de nuevo.

Varias líneas más abajo, me llamó la atención el comentario de Pablo, un profesional de los Recursos Humanos con más de treinta años de vida laboral a sus espaldas que decía textualmente: “No convirtamos la oficina en la Pasarela Fashion Today. Al fin y al cabo el denostado traje homogeneizaba nuestra apariencia para que solo se destacara por cualidades como la inteligencia, la entrega o el conocimiento.”

Esas palabras escritas desde ese lejano país donde habitan los monstruos del armario impactaron como un torpedo en la línea de flotación de mis valores de millenial cuarentón. Así que después de todo, el traje no era una mortaja, era más bien una capa que invisibilizaba nuestros atributos más superficiales para fuésemos evaluados por nuestras verdaderas competencias. Para Pablo el traje representaba una igualdad de oportunidades y un sistema más justo donde no debemos dejarnos llevar por las apariencias. Lo siento, pero todo esto sonaba demasiado moderno para venir de un defensor de una época de tiranía y mazmorras.

Entonces le contesté torpemente que yo, como diseñador había sido entrenado para ser creativo, para tener en cuenta la diversidad, para innovar, para desarrollar mi pensamiento crítico y divergente, y que mi manera de vestir debía ser coherente con estos principios. Intenté explicarle la importancia simbólica de la ropa cuando se busca un cambio cultural dentro de una organización y le puse como ejemplo a Chema Alonso, que vistiendo como le da la gana es miembro del Comité Ejecutivo de Telefónica. Estoy seguro que muchos dentro de la compañía lo tienen como un referente, y de cara a los clientes ha contribuido a que Telefónica sea percibida como una empresa más innovadora. Aunque por otro lado, llamadme conspiranoico, pero dedicándome entre otras cosas al branding no me extrañaría que haya una estrategia de marketing detrás de la indumentaria de Chema Alonso, a lo mejor, en el fondo, desearía llevar un traje. Creedme, cosas peores he visto en esta utopía de la libertad. Y hablando de branding, aquí podría enrollarme un buen rato hablando de la importancia que tiene la vestimenta de los empleados para comunicar los valores de una organización, y bla, bla, pero me parece que ya me estoy yendo por las ramas.

Pensando en todos estos asuntos, me acordé de la conversación que tuve hace unos años con un alto directivo de mucho talento que por un golpe de mala suerte había sido despedido y que como ya era mayor no había encontrado trabajo, y ahora sobrevivía como podía haciendo trabajillos menores. Se ve que sus competencias se habían pasado de moda. También me acordé de otra historia que me contaron. Érase una vez una empresa en pleno proceso de transformación digital que decidió ponerse la camiseta del agilismo, muy de moda en ese momento, pero como en el fondo seguía con la misma estructura piramidal, rígida y jerárquica, cada daily meeting se había convertido en una terrorífica experiencia de control de los superiores hacia sus subordinados, 15 minutos de sudor frío, todas las mañanas.

Volví a pensar en el chico del anuncio, libre, independiente, en un apartamento guay de un barrio guay de San Francisco, sin ningún carcelero que le supervise, aparte de él mismo claro, a pocos kilómetros de allí, en la isla de Alcatraz, al menos los presos tenían una almohada y no se levantaban con el cuello dislocado cada mañana.

Aunque la mona se vista de seda

Y ahí seguíamos Pablo y yo, dos enemigos irreconciliables hablando de trajes, yo adalid del cambio y la diversidad y él hablando de justicia e igualdad de oportunidades, aprendiendo el uno del otro. Dos puntos de vista diferentes pero complementarios. Al final terminaba diciendo Pablo sabiamente: “Solo al unir pensamientos diferentes salen las mejores soluciones. Me alegra conocer personas que ven lo que unen las diferencias y no lo que separan”.

Quizás ese “Think Different” sea esto, en un mundo polarizado, donde los de derechas y los de izquierdas son cada vez más de derechas y de izquierdas, donde los algoritmos nos dan más de lo que ya conocemos, donde en las redes sociales sólo leemos a quienes refuerzan nuestras ideas, y donde las compañías aterrorizadas por cambios que no terminan de entender adoptan la última metodología que suena a disruptivo, seguramente el secreto para la verdadera innovación esté en el diálogo y en escuchar a los que son realmente diferentes.

Y no me quiero despedir sin recomendarle a nuestro viejo amigo el emprendedor, que la próxima vez que encuentre un traje diabólico en el armario, le invite a ese café mañanero y no lo defenestre, porque seguramente le ayude a mejorar su “Business Plan” y pueda dormir tranquilo esa noche.

Ah y aquí os dejo el anuncio en cuestión, disfrutadlo.