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La creatividad castrada y los nuevos obreros digitales.

La creatividad castrada y los nuevos obreros digitales

«Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planear una invasión, matar un cerdo, maniobrar un barco, diseñar un edificio, escribir un soneto, hacer un balance de cuentas, construir un muro, colocar un hueso, consolar a los moribundos, recibir órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar solo, resolver ecuaciones, analizar un nuevo problema, arrojar estiércol, programar una computadora, cocinar una comida sabrosa, luchar de manera eficiente, morir con valentía. La especialización es para insectos.»

Robert Heinlein

En los albores del S.XX, bien avanzada ya la Revolución Industrial, Frederick Taylor publica el libro Los Principios de la Administración Científica, un ensayo en el plasma su idea de aplicar el método científico a la gestión del trabajo. Esta obra demostró que la especialización de las tareas tenía un enorme impacto en la productividad, y marcó un antes y un después en la industria de principios de siglo.

Casi cinco siglos antes, en ciudades como Florencia, Roma o Venecia despertaba otra revolución. El acceso al conocimiento con la llegada de la imprenta, y el redescubrimiento de los textos clásicos, preservados durante siglos por los árabes, ponía fin a una época oscura cargada de miedo a las fuerzas sobrenaturales. El ser humano volvía a estar en el centro del relato, al menos, para unas élites afortunadas.

¿Y que tienen que ver estos dos momentos?, ¿qué tiene que ver todo esto con nosotros?, ¿por qué un diseñador se pone a hablar de estas cosas? Bueno, todo eso es lo que intentaré desarrollar a lo largo de este artículo, deseadme suerte.

Los antecedentes

Durante muchos siglos, hasta la llegada de la industrialización, los productos se habían elaborado de manera artesana. El artesano, debía fabricar uno por uno sus productos, y esto le permitía añadir pequeñas modificaciones funcionales y estéticas a cada una de las unidades que salían de su taller. La ventaja de este método era la capacidad de mejora continua, la personalización de los productos y el control sobre toda la cadena de producción. Ese artesano era capaz de idear, diseñar, mejorar y fabricar sus productos de principio a fin. Pero, por otro lado, la gran desventaja de esta forma de producir es su poca capacidad para poder escalar el negocio. Si tenemos que repensar cada unidad que producimos, el proceso de producción se vuelve terriblemente lento.

Así que con la industrialización se consigue separar la parte creativa del proceso de producción. De esa manera, una idea se volvía mucho más rentable, porque se podía aplicar en la cadena de montaje a una infinidad de unidades productivas. El artesano se convierte en propietario de una fábrica, y ya no tiene que mancharse las manos.  Ahora su función es dirigir a un equipo de operarios, cuya misión es replicar de la manera más fiel posible un producto que ha patentado.

La creatividad castrada y los nuevos obreros digitales

Y así llegamos a las ruidosas fábricas de 1911, año en que Taylor publica su libro. El trabajo de los operarios se especializó, y gracias a su nuevo enfoque, se produjo una considerable mejora en la productividad de los procesos industriales. Pero el trabajador no era un elemento muy distinto a una máquina. Su desempeño podía medirse por la cantidad de horas que estuviese en “funcionamiento”. Como hemos visto, la creatividad, la toma de decisiones y el pensamiento estratégico eran funciones que seguían siendo exclusivas de esos antiguos artesanos, ahora en los puestos de mando de la compañía.

En décadas sucesivas, esa progresiva mejora de los medios de producción, permitió a las compañías fabricar productos por encima de la demanda. Por otro lado, las tareas más duras y repetitivas de la cadena de montaje se fueron automatizando, liberando a los trabajadores de su condición de mula de carga y permitiéndoles aspirar a puestos donde pudiesen desarrollar sus capacidades intelectuales.

Empezaba así, el florecimiento del sector servicios. La prosperidad económica trajo consigo una mejora de los sistemas educativos. Los hijos de aquellos obreros de principios de siglo, ahora se dedicaban a trabajar en departamentos de marketing o en agencias de publicidad, ideando nuevas maneras de poder vender ese excedente productivo.

Pero en un mercado con más oferta que demanda, no solo es necesario optimizar la producción, ajustar los precios y desarrollar nuevas técnicas de venta, también es necesario innovar y marcar una diferencia cualitativa con la competencia; hace falta crear productos más atractivos, más accesibles y es necesario comunicarlos mejor. Es así como empiezan a desarrollarse también las diferentes disciplinas del diseño, desde el diseño de producto hasta el diseño visual. De ese modo, se volvía a introducir un proceso de mejora continua en la industria, y para eso, también era necesario usar la cabeza.

Anatomía de una revolución industrial

La revolución digital

Y así transcurre el siglo XX. Pero, fruto de esa innovación, se produce un hito que impacta profundamente en nuestras vidas. La llegada de internet. Este hito equivale al descubrimiento de un nuevo mundo, una nueva tierra de las oportunidades. Los buscadores de oro digital, vuelven a California, se fundan miles de startups, los inversores inyectan ríos de capital y los diseñadores descubren un terreno virgen para poder experimentar. Aunque, finalmente, como en la Fiebre del Oro, los que harán el verdadero negocio serán los vendedores de palas y fórmulas mágicas de posicionamiento.

Ese optimismo desbocado y anárquico se contuvo con la crisis de las punto com. El medio maduró, y se pasó, nuevamente, de una fase caótica y artesana a una nueva era industrial. Google, Apple, Facebook y Amazon crecieron hasta convertirse en la Ford de nuestro tiempo. Solo que ahora, ya no salían coches de la cadena de montaje, salían webs, apps y todo un universo de productos digitales. El proceso había sido el mismo, solo que ahora había evolucionado de manera mucho mas rápida.

La creatividad castrada y los nuevos obreros digitales

Y la causa de esa velocidad es que hacer un producto digital es mucho más barato de fabricar que un coche, no requiere de maquinaria pesada, ni de materias primas difíciles de conseguir. Su modelo de negocio puede crecer de manera exponencial y no genera (tantos) desperdicios. Hay mucho más espacio para el error, y los productos pueden salir al mercado a medio cocinar. Así que la máxima “falla, pero falla rápido” se convirtió en un dogma de fe. De tal manera que, las últimas páginas de nuestros marketplaces se llenaron de productos fallidos y de emprendedores arruinados. Por cierto, alguien debería medir el impacto ecológico de tanto “fallo digital”.

Esas nuevas fábricas digitales, vuelven a necesitar obreros en la cadena de montaje —Las industrias creativas, lo llamaron— Así que llegó el momento de desempolvar a Taylor, reclutar artesanos digitales, volver a crear departamentos, nuevos puestos en la cadena de montaje e inventar etiquetas. Que por cierto, si la mitad de la creatividad que empleamos en la creación de estas etiquetas rimbonbantes, lo empleásemos en aportar soluciones verdaderamente útiles, otro gallo nos cantaría.

En esas nuevas industrias digitales también hay patronos, y muchas veces, los que toman las decisiones ya ni siquiera son personas de carne y hueso, en las que volcar nuestras quejas y frustraciones. Los que mandan son algoritmos de posicionamiento y métricas de conversión.

«Las mejores mentes de mi generación están pensando en cómo hacer que las personas hagan click en anuncios»

Jeff Hammerbacher, fundador de Cloudera

El rol del diseño

Yo soy de la vieja escuela, crecí como artesano digital, por eso, hablando con algunos colegas del sector del diseño, no deja de sorprenderme el poco interés —e incluso desprecio— por otras disciplinas que se alejen un ápice de su especialidad. Especialidad muchas veces creada de manera completamente artificial y que no obedece a una necesidad real.

Me resulta casi imposible pensar como alguien que “pinte pantallas” no se interese por la experiencia del usuario, o que alguien que diseña esa experiencia no piense en como continuará la historia más allá de una pantalla. Me resulta muy difícil entender como alguien que está diseñando un producto para un cliente, pueda tener interminables discusiones sobre plugins de Figma y no le interese conocer en profundidad otros aspectos del negocio en los que su visión podría aportar muchísimo valor. “A eso se dedica otro departamento”.

Entiendo que las disciplinas del diseño han madurado mucho en los últimos años, se han vuelto más complejas, y por ende, requieren de una mayor especialización, pero no olvidemos que el precio a pagar es la perdida de una visión global y la capacidad de unir puntos.

También entiendo que algunos profesionales, especialmente los más jóvenes, buscan posicionarse como expertos dentro de una pequeña parcela de conocimiento, que, si no existe, se inventa. Especialistas de un pequeño territorio, más que trillado, que reivindica enérgicamente sus fronteras sobre otras disciplinas. Soy el mejor en apretar un tornillo, dicen en el fondo, y además, al fin y al cabo, eso es lo que demanda el mercado.

Por eso no me extraña, encontrarme de vez en cuando extensísimos artículos, dedicados a demostrar que, en una landing, el número de clicks sobre un botón, con tal o cual característica superflua, es ligeramente superior a otro que no la tiene. Aparte de que considero esos temas profundamente aburridos, pienso que el cerebro humano, siendo la estructura más compleja del universo, es capaz de resolver retos mayores que tratar de persuadir a sus clientes con pequeñas triquiñuelas bajo la falsa bandera de la usabilidad.

Y digo falsa bandera, porque, ¿realmente nos centramos en el usuario para entender sus necesidades o para detectar sus puntos débiles? El límite muchas veces es difuso, pero la diferencia es enorme, tan grande como la distancia entre los verbos “facilitar” y “manipular”.

Un diseño verdaderamente maduro es aquel que es capaz de articular un diálogo coherente entre la función y la forma, la razón y la emoción, la sistematización y la diferenciación, la usabilidad y la expresión.

Reivindicamos que el diseño esté presente en la toma de decisiones de una organización, pero dudo mucho que un buen líder pueda permitirse el lujo de olvidar esa diversidad de puntos de vista.

Por el otro lado, frecuentemente, las empresas contratan en masa a profesionales del diseño, convencidas de que los diseñadores son depositarios de un misterioso saber que llevará a la compañía al siguiente nivel. Les sientan a producir pantallas, iconos y bonitos logos, y esperan a que surja la magia. No han descubierto aún, que esa magia se llama pensamiento crítico y que esos profesionales han sido entrenados para enfrentarse a la página en blanco, poner en tela de juicio la estrategia, buscar nuevas formas de entregar valor a los clientes, e incluso cuestionar el propio modelo de la organización. Pero es posible, que ese tipo de asuntos, como en 1911, sigan discutiéndose a puerta cerrada en el comité de dirección.

Estas empresas tampoco han descubierto, que el diseño no consiste en introducir una metodología ágil o un “x thinking” y aplicarlo como si se tratase del manual de instrucciones de un telar a vapor. No digo que no haya que seguir un proceso, pero no basta con eso, los diseñadores deberían estar ahí para usar la cabeza, poner el método en entredicho, mejorarlo y adaptarlo a las necesidades que surjan, de manera continua. Siento daros esta noticia, pero las fórmulas mágicas plug and play no existen.

Por eso, frecuentemente, los resultados no llegan a cumplir las expectativas. El “x thinking” de moda pierde credibilidad y queda caduco. Obligando así, a estos profesionales a saltar a un nuevo pequeño cajón de conocimiento, en una carrera frenética por no quedarse obsoletos, ante una demanda del mercado de nuevas fórmulas mágicas.

Sé que, en el contexto actual, en que todas estas fórmulas innovadoras parecen ser la última tabla de salvación para muchos creyentes; y en que las que métricas se han convertido en una especie de semi-dioses, capaces de iluminar un camino cada vez más incierto, todo esto que estoy diciendo empieza a sonar a herejía. Así que, para convencer a los más devotos, emplearé esas mismas métricas:

En mayo de 2020, Sam Goore, y un grupo de estudiantes de informática de la Universidad de Indiana realizaron un minucioso estudio, en el que tras analizar más de 10.000 sitios web distintos, llegaban a la conclusión de que el aspecto de las webs cada vez es más similar entre sí. ¿No es un poco extraño, que precisamente ahora, que cada vez hay más diseñadores y perfiles creativos en las compañías, suceda algo así?

Los devotos de la usabilidad dirán: “Bueno, esto es una consecuencia de la aplicación de la ley de Jakob, debemos diseñar las interfaces bajo ciertos estándares con los que el usuario está familiarizado, por eso las webs tienden a ser más parecidas”. Y si, estoy de acuerdo, hay que facilitarle las cosas al usuario. Pero me temo que no es suficiente, porque, si al final, todos los productos acaban siendo iguales, ¿por cuál me decido? Y si el trabajo de esos diseñadores se limita a la aplicación de una serie de normas ¿realmente están empleando la creatividad o son meros obreros digitales ejecutando una y otra vez el mismo proceso de copia-pega?

Pero no hay que preocuparse, como a mediados del siglo XX la automatización vendrá de nuevo al rescate, liberará a los obreros de las tareas más tediosas, hiperespecializadas y rutinarias, y nos permitirá, una vez más, desarrollar habilidades más humanas. Pero como hemos visto, esta vez sucederá aún más rápido; a la misma velocidad que la ley de Moore (o para ser más precisos, la ley de Huang). Aunque sinceramente, la verdad es que me preocupa menos que las maquinas nos quiten el trabajo, a que las personas trabajen como máquinas.

La creatividad

Pero os voy a contar el gran secreto para hacer crecer vuestro negocio (de esos que recomiendan los vendedores de recetas mágicas). Si hay una verdadera fórmula mágica y una cualidad que nos hace humanos, es la creatividad. No os preocupéis, no voy a hablar de ella como una cualidad vaporosa, propia de visionarios embriagados por las musas. Mi visión es mucho menos romántica.

La creatividad también es un algoritmo. Muy difícil de replicar por las máquinas, pero un algoritmo, al fin y al cabo. Lo cual, al menos por un tiempo, nos da cierta ventaja competitiva sobre ellas.

La creatividad se trata de una característica de nuestro cerebro, que nos permite relacionar diferentes ideas y conceptos entre sí, para generar a una idea nueva. Esta herramienta aseguró la supervivencia del Homo sapiens y marcó una diferencia competitiva enorme con el resto de las especies. Le permitió proyectar el futuro a partir de patrones que había detectado en el pasado; los primeros agricultores eran capaces de anticipar si la cosecha iba a ser buena o mala, analizando patrones observados en el pasado, como la frecuencia de las lluvias, o los cambios del viento. También le dotó al ser humano de pensamiento simbólico; un día a alguien se le ocurrió, que podía establecer una relación entre lo que decimos, y las marcas que dibujaba en una tablilla de barro, y así apareció la escritura.

Pero la creatividad no surge de la nada, no es fruto de esa inspiración romántica de la que hablaba antes. Es verdad que hace falta cierto nivel de inteligencia y sensibilidad para encontrar conexiones entre diferentes ideas, pero lo más importante para que se desarrolle, es disponer de la materia prima: el conocimiento.

Eso explica por qué desde la aparición del Sapiens, hace unos 200.000 años, hasta el descubrimiento de la agricultura y la ganadería, hace unos 10.000, apenas se produjesen avances sociales, culturales y tecnológicos. —¡Estamos hablando del 95% de nuestra historia!— Aquellos primeros humanos, no es que fuesen menos inteligentes o creativos que nosotros, su procesador era tan bueno o mejor que el nuestro, según señalan muchos estudios. El problema era que, al no existir la escritura, sus conocimientos se limitaban a los que podían transmitir de viva voz dentro de su pequeña comunidad. Como no había muchas ideas que conectar, el proceso de generar otras nuevas era muy lento. Les faltaba materia prima.

La aparición de la escritura permitió conservar el conocimiento, comunicarlo y transmitirlo de manera mucho más eficaz a las siguientes generaciones. Ya no había que empezar desde cero. A partir de este momento, empezamos a caminar sobre hombros de gigantes. No es de extrañar, la cantidad de nuevas ideas que surgen tras la invención de la escritura, este invento hizo posible la redacción de las primeras leyes complejas y la organización de grandes grupos humanos. Surgen las grandes religiones, y casi todas cuentan con un libro fundacional. La escritura es el terreno abonado para el florecimiento reinos y estados.

“Damos forma a nuestras herramientas y luego estas nos dan forma a nosotros”

Marshall McLuhan

Tampoco resulta casual, que la llegada del Renacimiento, coincida con el redescubrimiento de los textos clásicos y la invención de la imprenta de Gutenberg. Todo ese nuevo flujo de ideas hizo posible que genios como Miguel Ángel o Leonardo entrasen en escena, y que la progresiva democratización del conocimiento, acelerase, aún más, la generación de nuevas ideas.

Y ahora si, ha llegado el momento de que hablemos de Leonardo, uno de los grandes genios creativos de la historia. El tipo fue pintor, anatomista, arquitecto, paleóntologo, botánico, científico, escritor, filósofo, ingeniero, inventor, músico, poeta, urbanista y escultor. Todo esto sin Notion, ni ninguna herramienta de project management. Desde luego debía ser un tío bastante listo, seguramente más que la mayoría de nosotros. Pero ahora dime, tú que te dedicas solo a “pintar botones”, ¿no crees que podrías mirar un poco más allá de la pantalla? ¿o la culpa es de las empresas?, que por muchos procesos de innovación que hayan implementado, al final del día, siguen buscando a operarios que aprieten tornillos para llenar puestos en la cadena de montaje.

Lo que pasa con Leonardo, es que aparte de ser un tío listo, descubrió el pequeño secreto de la creatividad. Su capacidad para generar nuevas ideas y detectar oportunidades para mejorar el mundo que le rodeaba, era fruto de su interés por conectar múltiples disciplinas. Era capaz de trasladar los descubrimientos de un área de conocimiento a otra. Quizás no fue el mejor pintor, o el mejor ingeniero de la historia, pero desde luego no era un especialista, y el valor de poner en contacto todas estas áreas de conocimiento es indiscutible.

La creatividad es un algoritmo que genera conocimiento de manera emergente, de manera que el resultado de procesar ese conocimiento adquirido tiene mucho más valor que la simple acumulación de información.

Y de la misma manera que hablo de Leonardo podría hablar de otros genios como Dalí, un apasionado de mecánica cuántica, que fue la fuente de inspiración de muchos de sus cuadros; o Albert Einstein que no podía separarse de su violín. El propio Steve Jobs, en su famoso discurso para los graduados de la Universidad de Stanford, hace referencia a la capacidad de “unir puntos”, a priori inconexos, pero que acaban cobrando sentido en el futuro, como una cuestión clave para marcar la diferencia.

El presente

Y así es como aterrizamos en el presente y volvemos a encontrarnos en una situación parecida a la de finales del S.XX. El mercado digital ha madurado, se ha industrializado, la oferta de productos digitales es muy superior a la demanda, la competencia es brutal, y en consecuencia, hemos visto un nuevo florecimiento de las más diversas técnicas de marketing para poder vender ese excedente productivo.

La diferencia es que, en este nuevo contexto digital, se han abaratado muchísimo los canales de comunicación y casi todo el mundo tiene la posibilidad de hacer campañas en mayor o menor medida. Esta competencia salvaje ha tenido como consecuencia la aparición de técnicas de persuasión cada vez más agresivas y refinados mecanismos de manipulación, muy discutibles bajo un punto de vista ético, pero que ya hemos normalizado. Estamos viviendo una multiplicación de los impactos que genera un ruido insoportable, a cambio de una eficacia muy cuestionable, ya que, por mera supervivencia, nos hemos vuelto cada vez más impermeables a ese acoso constante.

Turn customers into fanatics

Las marcas se ven obligadas a gritar cada vez más, y en este contexto, no sorprende encontrar mensajes como el de la foto. Aunque claro, con tanto fanático religioso, tanto embajador y tanta obsesión… ¿has pensado qué pasa si el resto de compañías hacen exactamente lo mismo que tú? ¿Qué pasa si utilizan las mismas técnicas de marketing y se basan en los mismos datos? Efectivamente, el mercado se convierte en el campo de batalla de una guerra santa, donde la destrucción mutua está asegurada.

Justo a esto se refería Michael Porter cuando decía: “La efectividad operacional, sin estrategia, conduce a la convergencia estratégica: los competidores convergen en la misma forma de aprovechar las oportunidades, cayendo en una competencia destructiva”

Así que, ¿Cuál es ese activo estratégico que nos salvará del invierno nuclear?

De nuevo, la creatividad

Esta primera fase de la revolución digital está llegando a su destino final y ya muestra síntomas de agotamiento, aunque muchas compañías todavía no se hayan subido al tren.

Ya no vale con elevar la voz sobre los demás, si queremos destacar entre tanto ruido debemos ser relevantes, nuestras ideas deben destacar por su calidad, por su capacidad de impactar en la sociedad, no por la cantidad. Nuevamente, nos encontramos en la antesala de un nuevo paradigma: la economía del conocimiento. No voy a extenderme hablando sobre la ese tema, porque daría para otro artículo y los chicos WhyMaps ya lo han hecho mucho mejor que yo:

En este nuevo paradigma al que nos dirigimos, lo más valioso ya no es lo tangible, ni siquiera los datos que acumulamos (que por si mismos no tienen ningún valor); lo verdaderamente importante es que hacemos con ellos, las nuevas ideas que somos capaces de generar, la información que somos capaces de procesar. Y como ya hemos visto, el conocimiento genera nuevo conocimiento a través de la creatividad.

Entonces, si el secreto está en la creatividad ¿por qué nos cuesta tanto aplicarla?

Porque la libertad creativa va de la mano del pensamiento crítico. Para poder innovar es necesario cuestionar el statu quo, desafiar ideas preestablecidas y poner en tela de juicio roles de autoridad. Muy pocos puestos de mando son tan valientes como para poner en peligro su propia autoridad.

En segundo lugar, porque la creatividad da mucho miedo, es como una fiera salvaje; libre, impredecible, peligrosa y ubicua. Pero precisamente, ahí reside su fuerza. Podemos, y debemos, domesticarla, y hasta cierto punto, entablar un diálogo constructivo con ella, pero si la enjaulamos, la acabaremos matando. De hecho, la innovación, según su definición más clásica, no es más que esa creatividad parcialmente domesticada, una creatividad deseable por los usuarios, técnicamente viable y económicamente rentable. Pero no olvidemos que cualquier tipo de innovación por su naturaleza creativa entraña un riesgo, y si queremos reducirlo del todo, ya no estaremos innovando, simplemente optimizando procesos. Y no hay mayor error que seguir invirtiendo recursos en algo que ya no funciona. Bajo el espejismo de la “innovación” estaremos alargando una agonía, de manera innecesaria.

Conscientes de la necesidad por innovar y de los riesgos que entraña, buscamos minimizarlos aplicando un riguroso proceso ideado por alguna consultora de renombre, que será certificado después por alguna escuela de innovación que no dejará pasar la oportunidad de lanzar una amplia oferta de cursos exprés, bootcamps y webminars (no olvidemos a los vendedores de palas), de manera que, si al final no obtenemos los resultados esperados, podremos echarle la culpa a dicho proceso y sustituirlo por una versión 2.0. En definitiva, de nuevo, buscamos fórmulas mágicas que nos garanticen el éxito, libros de recetas de comida rápida que ya están utilizando los otros, y que, de nuevo, nos acercan al invierno nuclear y a la mutua destrucción. El éxito debemos cocinarlo dentro de nuestras cocinas y cada compañía debería ser capaz de diseñar su receta. Pero claro, eso lleva tiempo y trabajo.

Así que dejemos las fórmulas mágicas, solo a través una “creatividad domesticada”, es como el conocimiento se convierte en innovación.

Además, la creatividad no requiere de una gran inversión, todo el mundo es creativo, es una característica fundamental de la especie humana. Después de décadas de ejecutar tareas repetitivas, simplemente hay que entrenarla un poco. Así que, si tuviese que sintetizar todo lo anterior en una breve lista de consejos, empezaría por algo así:

  1. Ocúpate de saciar la sed de conocimiento tus empleados, incluso con cosas aparentemente inútiles, los puntos se unirán en el futuro.
  2. Dales espacios de libertad para poder experimentar y encontrar esas conexiones no evidentes.
  3. Mantenlos motivados, que su búsqueda se vea recompensada.
  4. Alimenta el pensamiento crítico, aunque duela, todo es susceptible de ser mejorado.
  5. Trata de evitar jerarquías innecesarias y los cajones estancos de conocimiento. Las ideas deben fluir libremente.
  6. Cada persona es única y genera conexiones únicas. Seamos diversos.
  7. La divergencia de conocimientos genera nuevas ideas, los especialistas simplemente las ejecutan.

De esa manera estarás entrenando a tus trabajadores, para que dejen de ser contestadores automáticos vivientes y cajas registradoras a sueldo (lo cual es muy poco rentable) y se conviertan en verdaderos Sapiens capaces de ejercitar la herramienta que nos ha permitido sobrevivir más de 200.000 años. ¿Qué pasaría si todos los miembros de una compañía fuesen aspirantes a Leonardo? Seguramente ninguno llegaría a su nivel de genialidad, pero, ¿cuántas grandes mentes se están atrofiando en tareas repetitivas?

Me gustaría terminar esta pequeña provocación, citando una reflexión de mi profesor José Aguilar, que me impactó profundamente: “El tiempo puede jugar a tu favor o en tu contra, no es lo mismo 20 años de experiencia que un año de experiencia repetido 20 veces”.