Skip to main content

El cono de pasados. Los pretéritos imperfectos y los condicionales.

Cono de futuros y cono de pasados

«El mejor profeta del futuro es el pasado»

Lord Byron

Hace ya tiempo tuve la suerte de coincidir con el profesor Peter Bishop con motivo del festival Primer que se celebró en Madrid en octubre de 2019, y que congregó a algunos de los mayores expertos del mundo en estudios de futuro.

El profesor Bishop es un eminente futurista, y fundador de una bellísima iniciativa llamada Teach the Future, en la que persigue que las escuelas abran sus aulas al pensamiento de futuros. Según él, los niños deberían reflexionar sobre el futuro de la misma manera que estudian historia, porque, al fin y al cabo, es donde van a pasar el resto de sus vidas (como diría Woody Allen). Y yo no puedo estar más de acuerdo. Seguramente si desde pequeños nos hubiesen educado en el pensamiento a largo plazo, en que los futuros son diversos y en como nuestros actos tienen consecuencias imprevistas, es posible que ahora mismo no corriésemos como pollo sin cabeza, tratando de apagar los fuegos que prendimos muchas generaciones atrás, y que ahora, amenazan con calcinar el planeta.

En mi conversación con él, no dejé pasar la oportunidad de preguntarle que pasaría en sentido inverso. Es decir, qué sucedería si los historiadores utilizasen los mismos métodos que se emplean en los estudios de futuro para examinar el pasado. Bishop, se quedó pensativo durante un momento, y mirándome de manera escéptica, me dijo que probablemente no tendría mucho sentido, ya que tenemos mucha información sobre el pasado, y el futuro es un interrogante porque sencillamente no existe; así que no parece que sea la aproximación más correcta para estudiar la historia. Sería algo así como tratar de arreglar una cafetera con útiles de fontanería, no parece que sea la caja de herramientas idónea.

Y estoy de acuerdo con él, evidentemente, no podemos establecer una simetría total entre pasado y futuro, porque el futuro no existe como tal, a no ser que la ciencia demuestre que vivimos en un universo determinista, lo cual, hoy por hoy, sigue siendo un debate abierto. El pasado sí que ha existido alguna vez y, aunque no podamos acceder a él de manera directa, sí que nos ha dejado muchas evidencias que nos permiten reconstruirlo.

Pero ¿hasta qué punto podemos estar seguros de esas evidencias?, ¿esas pruebas podrían haberse distorsionado a lo largo del tiempo?, ¿podríamos estar conviviendo en un mundo que tiene distintas maneras de interpretar la historia?

No puedo evitar que me vengan estas preguntas a la cabeza, y por eso, aunque la relación entre el pasado y el futuro no sea simétrica —además de otros problemas que expondré más adelante—, creo que vale la pena hacer este pequeño ejercicio. Además, no olvidemos que cuando tratamos de estudiar el futuro, nos vemos obligados a mirar al pasado. Una tendencia no deja de ser una corriente que se mueve hacia un fin concreto, y que ya ha dejado una huella que podemos rastrear a lo largo de un espacio de tiempo. Por eso, cuando tratamos de anticipar como se proyectarán estas tendencias en el futuro, realmente ya estamos mirando al pasado.

Pero, antes que nada, me gustaría explicar algunos conceptos para aquellos lectores recién llegados a estos asuntos sobre el futuro, al resto, les recomiendo avanzar hasta la sección en la que empiezo a lidiar con el pasado.

El cono de luz

En física, el cono de luz es una bella representación del espacio-tiempo que empieza a emplearse a partir de que Einstein formulase su teoría sobre la relatividad especial, según la cual, la velocidad de la luz es constante en el vacío, y que hasta el día de hoy, parece ser un límite de velocidad que el universo no nos permite superar.

Teniendo en cuenta esa regla, las consecuencias futuras a cualquier evento que se dé en el presente deberían estar contenidas dentro de los límites de ese cono de luz del futuro, y las causas a cualquier evento en el presente deben estar contenidas en el cono de pasados. Es decir, todas las causas y consecuencias posibles a un evento se engloban en sus conos de futuro y pasado.

Por poner un ejemplo, el Sol se encuentra a ocho minutos-luz de la Tierra, es decir, la luz del Sol tarda unos ocho minutos en llegar a nuestro planeta, así que, si el Sol desapareciese de manera repentina, tardaríamos ocho minutos en enterarnos y sufrir las consecuencias. De la misma manera, aunque tuviésemos el cohete más rápido que podamos imaginar, no podríamos llegar al Sol antes de esos ocho minutos, ya que sería algo que rompería las leyes de física, y, por tanto, sería un evento que estaría fuera de nuestro cono de futuros.

Cono de luz

El cono de futuros

Tradicionalmente, en la cultura occidental, hemos tendido a percibir el tiempo de manera lineal. Al principio de todo, un ente sobrenatural creó el universo, y al final de todos los tiempos, volverá para juzgarnos. No hace falta que seamos personas especialmente religiosas, esta idea está tan asimilada por nuestra cultura, que muchas veces damos por sentado que es así, aunque sea de manera inconsciente. Esta concepción determinista del tiempo también ha justificado la existencia de profetas y adivinos; personas que eran capaces de recorrer esa línea más allá del presente, visitar el futuro, y volver para contárnoslo.  Todo esto era posible porque nuestra concepción del futuro era en singular.

Sin embargo, desde los estudios de futuro, siempre se hace hincapié en que los futuros son plurales. Existe la posibilidad de una infinidad de escenarios de futuro distintos, y nuestras acciones sobre el presente —y por supuesto, el azar— serán los que acabarán dando forma a uno u otro escenario. Por eso, esa analogía con el modelo del cono de luz de la física se ajusta mucho mejor que la línea a la hora de tener en cuenta esa rica variedad de escenarios. Aunque debemos tener en cuenta de que se trata de una simple analogía, no existe ninguna constante universal que defina los límites de ese cono, por tanto, trabajamos sobre una representación puramente subjetiva.

No me detendré mucho tiempo a explicar este modelo, ya que existen multitud de artículos que lo explican en detalle. Simplemente, mencionar que podemos clasificar los diferentes escenarios gracias a la siguiente taxonomía:

Cono de futuros
  • Futuros probables: aquellos que creemos que se darán con un mayor grado de seguridad.
  • Futuros plausibles: aquellos que se podrían dar basándonos en algunas tendencias y señales que ya hemos identificado.
  • Futuros posibles: son futuros más extraños, menos probables, que requieren de un importante cambio de rumbo en los acontecimientos, pero que no podemos descartar. ¿Quién nos diría en 2018, que la mascarilla sería el complemento indispensable de 2021?
  • Futuros preferibles: independientemente de su grado de probabilidad, son aquellos que nos gustaría alcanzar.

Es importante señalar que existe un alto grado de subjetividad a la hora de identificar estos escenarios. No todas las personas comparten la misma información y el mismo sistema de creencias. Los futuros probables de un campesino en Laos —y especialmente los preferibles— pueden diferir muchísimo de los de un alto ejecutivo en una empresa tecnológica de Silicon Valley, o incluso oponerse de manera frontal. No olvidemos que las utopías de unos, casi siempre son las distopías de otros.

Para aquellos que quieran profundizar, les recomiendo este artículo Elisabet Roselló y su pormenorizada explicación del cono y su origen.

Las leyes del futuro

En 1995 Jim Dator, ilustre futurista y director del Hawaii Research Center for Futures Studies, propuso tres reglas que debemos tener siempre en cuenta cuando tratamos estos asuntos de prospectiva:

1. No podemos predecir el futuro porque no existe.

Esta afirmación puede parecer muy evidente, pero conviene recordarla. Nuestro día a día está lleno de personas, organizaciones y medios de comunicación que, desde su punto de vista, aseguran como será el mundo dentro de uno, cinco o cien años. Seguramente todos acaben equivocándose, porque la historia nos ha demostrado que el devenir de los acontecimientos está plagado de cisnes negros, giros inesperados y tendencias cambiantes. Desconfiemos de los videntes, aunque cambien su túnica por un traje caro.

Sin embargo, sí que podemos —y además debemos— intentar pronosticar tantos futuros alternativos como nos sea posible. También podemos identificar futuros preferibles, que pueden ser diferentes, e incluso opuestos, para según que persona o grupo. Y finalmente, para que todo este trabajo sea realmente útil, debemos enlazarlo a nuestra planificación estratégica, llevando a cabo acciones que nos acerquen a esos futuros preferibles, y a tomar un desvío que nos aleje de aquellos que queremos evitar.

2. Cualquier idea útil sobre el futuro debe parecer ridícula.

En el futuro, nuevas tecnologías, comportamientos y valores sustituirán a los anteriores. Por eso, si tratamos de anticipar el futuro a partir de nuestra cosmovisión, lo más seguro es que nuestras imágenes del futuro sean erróneas. Las ideas más populares o socialmente aceptadas del futuro suelen revelarse como equivocadas. Un buen ejemplo son los coches voladores, un escenario que se predijo para nuestros días y que sus autores imaginaron condicionados por el boom del automóvil. Hoy en día, nuestra preocupación por el medioambiente y el uso responsable de los combustibles hace bastante improbable la aparición de ese tipo de aparatos. Así que no podemos saber que se les pasará por la cabeza a los habitantes del futuro, pero una cosa es segura, no será lo mismo que a nosotros.

3. Damos forma a nuestras herramientas y después nuestras herramientas nos dan forma a nosotros.

Esta idea proviene del pensamiento del filósofo canadiense Marshall McLuhan, que afirmaba que cualquier tecnología (todo medio) es una extensión de nuestro cuerpo, mente o ser. Los medios tecnológicos son entendidos como herramientas que extienden las habilidades humanas; del mismo modo que una bicicleta o un automóvil son una extensión de nuestros pies, la computadora sería, en ese sentido, una extensión de nuestro sistema nervioso central. Así pues, el cambio tecnológico sería un punto de partida en la creación de valores, procesos e instituciones que acabarían cobrando vida propia.

Este es un breve resumen de los tres principios o “leyes” que Dator propone para estudiar el futuro. Si queréis profundizar, aquí os dejo un enlace al documento original. Y otro enlace a la traducción en castellano de Elisabet Roselló en Postfuturear.

Las leyes del pasado

Ahora sí, ha llegado el momento de darnos la vuelta, quitarnos la escafandra, salir de la nave espacial y ponernos el sombrero de Indiana Jones y las botas de Lara Croft. Nuestro cono ahora apunta hacia el pasado y nuestra mirada debe ser la de un historiador o un arqueólogo. Ante nosotros la historia deja de ser una línea recta para convertirse en un universo de posibilidades. Diferentes pasados se abren ante nuestros ojos. Pero no olvidemos que, para explorar este nuevo territorio, necesitamos unas reglas. ¿Se cumplirán las de leyes de Dator en sentido inverso? Vamos a comprobarlo.

1. No podemos conocer realmente el pasado porque ya no existe.

Puede sonar un poco extraño, pero si nos paramos a pensarlo, el pasado tampoco existe; ya no podemos acceder de manera directa a él porque ha desaparecido. Las propias leyes de la lógica y de la física nos lo impiden, ya que si pudiésemos acceder al pasado alteraríamos inevitablemente el curso de los acontecimientos —a no ser que existan los pasados alternativos—. Esta idea se conoce como la “paradoja del abuelo”; en la cual, un viajero del tiempo mata a su propio abuelo antes de tener descendencia, por consiguiente, el viajero nunca hubiese nacido, ni hubiese podido viajar al pasado para matar a su joven abuelo.

Realmente del pasado solo conservamos sus restos, relatos que se apoyan en pruebas materiales que nos ayudan a reconstruirlo. Toda esta información que conservamos del pasado, se va degradando con el paso del tiempo por el implacable efecto de la entropía, por lo que, en principio, cuanto más lejos estemos del presente, mayor será nuestro grado de incertidumbre. De la misma manera que sucede con el futuro.

También, de la misma manera, la labor de los historiadores y arqueólogos es determinar que pasados son más probables a partir de las pruebas de las que disponen. Aunque después, ya llegarán los políticos para determinar que pasados están más alineados con su causa.

2. Cualquier idea útil sobre el pasado debe parecer ridícula.

Así como debemos dejar a un lado nuestros sesgos y convencionalismos para poder construir ideas verdaderamente relevantes sobre el futuro, también debemos abandonarlos cuando miramos al pasado; ya que las culturas del pasado diferían de la nuestra en muchos aspectos. Lo que hoy nos parece bárbaro, para nuestros ancestros podía ser muy refinado, y viceversa.

Por eso no podemos juzgar las acciones de los que nos precedieron con la mirada del presente, debemos conocer muy bien como pensaban, su moral, sus tradiciones y sus leyes para poder emitir un veredicto justo. En definitiva, no podemos entender el pasado, si no entendemos su contexto.

3. Damos forma a nuestras herramientas y después nuestras herramientas nos dan forma a nosotros.

Es evidente que si nos tomamos esta es una ley de manera literal se cumple en ambas direcciones; no podríamos explicar nuestro mundo ni quiénes somos, sin la aparición de herramientas como la arquitectura, el fuego o internet. Todas esas herramientas nos han cambiado, y sin ellas, nos costaría mucho sobrevivir. Solo tenemos que imaginarnos a cualquiera de nosotros luchando contra un mamut a veinte grados bajo cero, duraríamos menos que un caramelo en la puerta de un colegio.

Pero quizás nuestro invento más revolucionario fue la propia historia que, a través de la escritura, nos permitió conservar el conocimiento de las generaciones que nos precedieron. Con la escritura cada generación ya no tenía que empezar desde cero, o con unos conocimientos muy limitados. La aparición de la escritura explica por qué en los últimos 5.000 años los Sapiens hayamos cambiado más que los 200.000 anteriores. Esta reflexión me lleva a una derivada de esta idea, y es que, cuanto mayor es la transferencia de información, más cambios se producen en el sistema.

Recordemos también que la historia muchas veces la escriben los vencedores, así es como cada pueblo suele forjar el relato que más le conviene, y basándose en él, proyecta su futuro. Así que, de manera menos literal, podríamos entender esta idea diciendo que construimos nuestros relatos del pasado y estos acaban dando forma a nuestro futuro.

Construimos nuestros relatos del pasado y estos acaban dando forma a nuestro futuro

El cono de pasados

Teniendo en cuenta estos principios y la figura del cono de futuros, resulta muy tentador pensar en la idea de construir un cono de pasados, sin embargo, esto puede ser un asunto más espinoso de lo que parece, como acertadamente me señalaron algunos colegas con los que compartí esta idea. Además de la asimetría que comentaba anteriormente, ese cono de pasados puede tener múltiples lecturas, y algunas pueden ser verdaderamente contradictorias. La mayor inconsistencia que he encontrado se origina cuando interpretamos los conos de manera absoluta. En este caso se produce lo que llamaré «la paradoja de los conos», que consiste en que si suponemos que todos los pasados (reales, posibles o imaginarios) siempre acaban convergiendo en un único escenario presente, en el fondo estamos asumiendo que el universo es determinista, ya que es inevitable que el presente sea tal y como lo conocemos. Esto, evidentemente, anularía la idea del cono de futuros, porque lo que trata de representar es que ante nosotros se abren múltiples posibilidades, es decir, implica asumir un punto de vista indeterminista.

Todas estas paradojas son verdaderamente interesantes y merecerían un análisis mucho más profundo, pero como ya me estoy extendiendo demasiado, espero poderles dedicar un artículo en uno de mis futuros preferibles.

Otra posible lectura al cono de pasados, es aquella que parte desde el punto de vista del observador. Esto guardaría relación con un concepto que Carlos Alonso compartía conmigo, y que él venía a llamar «espejo de futuros». El cono ya no se generaría en el pasado y acabaría convergiendo en un único punto del presente, sino que parte de la posición de un observador en el presente (individuo o grupo) que dirige su mirada hacia el pasado. La combinación entre ambos conos sería algo así como mirar hacia el futuro, pero sin perder de vista el retrovisor.

Esta necesidad de mirar de manera simultánea tanto al pasado como al futuro no es una idea nueva, para los antiguos romanos era tan importante que dedicaron un lugar en su panteón a la figura del dios Jano; dios de los comienzos y los finales, de las puertas, y de la transición entre el pasado y el futuro. Por eso se le representa con dos caras, la del anciano que mira al pasado y la del joven que mira al futuro.

¿Y qué pasados podemos ver a través del retrovisor?
Yo especulo (y etimológicamente no se me ocurre una palabra mejor) con los siguientes:

Cono de pasados

1. La fantasía, los pasados imposibles

Serían aquellos relatos que, de manera consciente, han sido creados tratando de construir una realidad alternativa en un punto del pasado, y que, por tanto, quedarían fuera de nuestro cono. La posibilidad de que los hechos narrados en estos pasados se conviertan en historia sería bajísima, prácticamente fruto del azar. Un buen ejemplo de pasados fantásticos es la saga de Star Wars; no olvidemos, que los hechos se desarrollan “hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana”.

Mención aparte merecen las ucronías, que son relatos fantásticos que buscan dar respuesta a la pregunta ¿qué hubiese pasado si…? Las ucronías en nuestro esquema, serían conos, en el espacio de la fantasía, que se proyectan hacia el futuro a partir de un punto concreto en el pasado. Un buen ejemplo de ucronía es la novela The Man in the High Castle de Philip K. Dick, que relata los hechos que suceden después de que las fuerzas del Eje hayan ganado la Segunda Guerra Mundial. De hecho, los que la hayan leído sabrán que, en el fondo, se trata de una ucronía dentro de otra.

2. Los mitos, pasados fantásticos que tratan de explicar el presente

Los mitos son relatos, generalmente protagonizados por seres fantásticos, que tratan de narrar de manera simbólica, algún aspecto desconocido de nuestro pasado. Gran parte de estos mitos se sitúan en un tiempo indefinido, anterior a la humanidad, y tratan de explicar sus orígenes. La existencia de los mitos es un buen ejemplo de como el ser humano tiene la necesidad de crear relatos que justifiquen su lugar en el mundo. Antes de la historia no existía esa asimetría entre el pasado y el futuro, nuestro pasado también era una incógnita en la que solo había lugar para la especulación. Como no existía la historia, no pudimos evitar inventárnosla.

Sin embargo, algunos de estos mitos sí que podrían tener algún poso de realidad. Un buen ejemplo de esto, es el mito del diluvio universal, que nos lo podemos encontrar tanto en la tradición judía como en la mesopotámica, y que cuenta unos hechos prácticamente idénticos. Es posible que este relato se remonte al momento del deshielo de la última glaciación, que fue la causa de una gran crecida del nivel del mar y de tremendas inundaciones; semejantes cataclismos, habrían dejado un profundo trauma en aquellas comunidades de cazadores-recolectores de finales del Paleolítico.

Otra explicación la podemos encontrar en la necesidad de comprender el origen de muchos fósiles de peces y moluscos que descubrirían nuestros antepasados tierra adentro y en lo alto de las montañas; esta hipótesis daría sentido a la gran cantidad de mitos diluvianos que nos encontramos en las culturas de todo el mundo. El asunto de los fósiles me parece verdaderamente interesante, ¿qué pensarían nuestros antepasados de todos esos esqueletos gigantescos que aparecían en sus campos de labranza?, desde luego es muy probable que, antes de que Darwin nos iluminase con su teoría sobre la evolución, nuestros ancestros se imaginasen un mundo oscuro lleno de dragones, cíclopes y gigantes. Y tampoco estaban tan desencaminados.

Sin embargo, por muy improbable que parezca, algunos mitos incluso acaban convirtiéndose en historia, Troya es un buen ejemplo: durante muchos siglos la ciudad descrita por Homero en la Ilíada parecía ser un enclave más dentro del mapa mitológico griego. Solo un loco imbuido por el espíritu romántico del S. XIX creía firmemente en su existencia; en 1872 el arqueólogo alemán Heinrich Schliemann descubriría la ciudad, tras invertir toda su fortuna en las excavaciones.

3. Las leyendas, donde la historia y la fantasía se entremezclan

La leyenda es un espacio donde se mezcla la realidad y la ficción. A diferencia de los mitos, las leyendas sí se suelen enmarcar en un momento histórico concreto, o se construyen a partir de las andanzas de algún personaje real que, a lo largo del tiempo, la tradición oral se encargó de distorsionar, exagerar y entremezclar con otros elementos fantásticos. Muchas veces, no resulta fácil separar el grano de la paja, pero son un buen punto de partida para reconstruir nuestro pasado.

Algunas leyendas también acaban convirtiéndose en realidad. En 1798 el explorador británico John Goldingham descubrió en la India las ruinas de la antigua ciudad costera de Mahabalipuram; los pescadores de la zona la conocían como “la ciudad de las siete pagodas” porque, aunque en aquel lugar solo había un templo, los otros seis habrían sido arrojados al mar por unos dioses que estaban muy furiosos, por el hecho, de que unos simples mortales hubiesen construido un lugar tan bello. Por lo que se ve, en 2004 los dioses seguían bastante cabreados, y provocaron el terrible tsunami que se llevó toneladas de arena de la costa, dejando al descubierto las ruinas de los que parecen ser los templos de la leyenda.

4. La historia, la ciencia que estudia el pasado

La historia es un registro de hechos sobre los que existe algún tipo de evidencia. A diferencia de los mitos y las leyendas, es una disciplina que tiene como objetivo despojar de elementos fantásticos a ese relato del pasado, y lo hace, a través del método científico. Pero no olvidemos que, si algo caracteriza a la ciencia, es la ausencia de dogmatismo; cualquier hecho que hoy consideremos probado, podría perder su validez en el futuro ante la evidencia de nuevas pruebas.

Un buen ejemplo de esto es que ya desde el Renacimiento solemos dar por hecho que las esculturas del mundo clásico fueron concebidas sin ningún tipo de ornamentación pictórica. Sin embargo, investigaciones más recientes demostraron que estaban decoradas con vivos colores que se fueron perdiendo con el paso del tiempo. Este error ha influido en la historia del arte occidental de tal manera, que seguimos considerando el mármol desnudo como un estándar, y percibimos que una escultura sin policromar tiene mucho más valor estético. Y aunque para los antiguos habitantes del Peloponeso esta idea resultase bastante ridícula, recordemos que no podemos mirar al pasado con los ojos del presente.

Por cierto, si este descubrimiento os ha gustado tanto como a mí, podéis encontrar muchos más ejemplos de “niputaideaismo” histórico en estos tres maravillosos artículos:

Así que mantengamos un sano escepticismo sobre lo que ya conocemos, seguramente la historia nos aguarde con nuevas sorpresas a la vuelta de la esquina.

5. Los pasados preferibles y las retrotopías

Son aquellos pasados que nos hubiera gustado que hubiesen sucedido —independientemente de que sean reales o no— y que, por tanto, dan sentido a nuestra explicación del presente, y pueden llegar a influir sobre las proyecciones que hacemos sobre el futuro. Todos nosotros, aunque lo hagamos de manera inconsciente, somos “algo creativos” con nuestro pasado, tratando de construir una narrativa coherente que dé sentido a nuestra situación actual, porque nuestro cerebro se lleva muy mal con lo aleatorio. En definitiva, no podemos evitar seguir construyendo leyendas y mitos. A esto se refería Steve Jobs cuando hablaba de su famoso join the dots.

De esta reflexión podríamos extraer un nuevo principio sobre el futuro y el pasado, y es que nuestros futuros preferibles están conectados con los pasados que los sustentan.

Cono de luz

A cualquiera de nosotros le vendrán a la cabeza multitud de discursos políticos —y especialmente los de tinte más nacionalista— han hecho uso y abuso de estos pasados preferibles.

Un buen ejemplo es la donación de Constantino; un decreto supuestamente redactado hacia el año 320 por el emperador romano Constantino I. En dicho decreto, Constantino reconocía al papa Silvestre I como soberano de la ciudad de Roma, de las provincias italianas y del resto del Imperio romano de occidente. Este documento legitimó la existencia de los Estados Pontificios durante muchos siglos. No fue hasta 1.440 cuando el humanista italiano Lorenzo Valla demostró que realmente se trataba una falsificación; ya que muchas de las expresiones recogidas en ese documento no existían en el latín del Imperio romano tardío, y posiblemente se redactó mucho más tarde, hacia el año 750. Uno más entre tantos casos de manipulación histórica.

También el III Reich, que estaba destinado a durar más de 1.000 años, buscaba un pasado que diese legitimidad a semejante afirmación, para ello gastó millones de marcos en la Ahnenerbe (Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana), una pintoresca sociedad fundada por Heinrich Himmler y sus secuaces, que todos recordaremos por su aparición en las películas de Indiana Jones. Esta organización utilizaba un método pseudocientífico que mezclaba la antropología y la arqueología con otras artes oscuras, para tratar de demostrar que la raza aria tenía un origen semidivino, y que, por tanto, estaba destinada a dirigir el futuro destino de la humanidad. Este caso es particularmente esperpéntico, porque demuestra, que, si partimos de un presente fantástico y distorsionado, como era el de ese círculo esotérico nazi, solo podremos justificarlo con un pasado más ridículo aún. Lo más alarmante es que dudo que fuese un simple acto de propaganda y manipulación; la paranoia en estos grupos llegó a tal punto, que muchos de sus integrantes prefirieron creer en sus propias fantasías antes que enfrentarse a la realidad de las atrocidades que habían cometido.

Este tipo de ideas era muy frecuente en el S. XIX, y no se aleja mucho de la doctrina del Destino Manifiesto, que justificaba la expansión de los Estados Unidos, porque era el pueblo elegido por Dios. Y aunque este tipo de situaciones nos parezca algo propio de tiempos menos civilizados, recordemos que los amigos del famoso bisonte que asaltó el Capitolio de Estados Unidos eran miembros de QAnon, otra pintoresca comunidad que justifica sus actos por creer que Hillary Clinton mantuvo una red de pedófilos que ocultaba niños en los sótanos de las pizzerías de Estados Unidos, o que Angela Merkel, en realidad, es nieta de Adolf Hitler.

La utopía de unos es la distopía de otros

 Aunque por ejemplificar, me he ido a casos extremos y poco honorables, lo que quiero transmitir es si no pensamos que los pasados son diversos podríamos acabar siendo partícipes de los mismos errores sin saberlo. La historia no es blanca o negra, está plagada de grises y medias verdades, y entenderlo, nos ayuda a ser más tolerantes. Un comunista, un liberal, un católico o un aborigen australiano no tienen por qué interpretar su pasado de la misma manera, y, por tanto, cuando lo proyecten hacia el futuro describirán escenarios muy diferentes entre sí, algunos compatibles y otros opuestos. Por eso cuando pensamos en “un futuro ideal” lo primero que debemos preguntarnos es ¿para quién? Y la segunda pregunta debería ser ¿a quién perjudica? Seguramente así nos demos cuenta de las utopías son, precisamente eso, un no-lugar. Los futuros perfectos no existen.

Eso no significa que todo valga. Informémonos, busquemos pruebas, empaticemos, debatamos, seamos humildes, rectifiquemos, y, sobre todo, jamás diseñemos pasados a la medida de los futuros que queramos construir. Evitemos deslizarnos por el resbaladizo sendero del relativismo y la conspiranoia.

Todos somos el producto de nuestra propia historia, y todos tenemos incentivos para inclinarnos hacia uno u otro relato, y eso siempre será un condicionante cuando tratemos de escribir su final.